Rolando Díaz

 

La Ruta 37 pasaba sobre las 7:10 de cada día. Era la hora en la que las ajetreadas mañanas santosuareñas de 1978 se llenaban de una tenue luz naranja. La descascarada pared en la que me apoyaba, justo antes de abordar la Leyland que abandonaba la calle Santos Suárez y se encaramaba en la Calzada de Eliseo, también llamada de Jesús del Monte, tenía un color indefinido, dominado por un churre de insinuación ocre, que se había adherido al concreto durante décadas. La guagua solía dejar detrás una sutil humacera gris que se diluía entre la pared y el ir y venir de gentes con diversos tipos de jabas: de papel, de telas coloreadas, de saco de yute, de nylon, de hilo manila y de cuanto invento era capaz de generar desde su incontrolable imaginación, la madre cubana.

Cada día una mujer veinteañera que expandía alborozo como si lo regara por las esquinitas teñidas de un negro mugriento que rodeaban la base del poste de metal descolorido que anunciaba la 37 y la 15 (las únicas rutas de guaguas que se detenían en la esquina) llegaba salpicando ilusorias gotas de rocío que esparcían una sensación de regocijo generalizada.

Aquel ciclón de juventud y frescura te podía hacer olvidar desde un debilitado desayuno, hasta el descontento propio de quien tiene que trabajar un 31 de diciembre. Porque la particular ocasión que describo sucedió un 31, cuando su habitual presencia llenó la parada de un matiz de luz que añadía al tono naranja de la mañana un dorado especial que contaminó a todo el que se iba aglomerando involuntariamente a su alrededor. Miré la manga de mi camisa y, efectivamente, noté que un brillo adicional la teñía. Observé a los que me rodeaban y aprecié como a un señor le brillaba la calva repentinamente y cuando giré mi cabeza vi que a la mujer que estaba a mi lado, los aretes se le habían llenado de una luz dorada que casi encandilaba.

Me acerqué entonces a la asidua visitante y la luz que la bañaba incrementó su intensidad hasta rodearla de un halo casi mágico, que engrandecía su belleza hasta llevarla, casi, a la irrealidad. Volví a dirigir mis ojos a los demás y actuaban con normalidad, aunque la intensidad dorada embargara incluso, sus animados rostros. La muchacha se percató de mi confuso estado y se me acercó.

—¿Ya pasó la 37…? Me espetó desde una sonrisa que me hizo temblar.

Torpe, sin poder dejar de mirar sus ojos pardos, grandes, ovalados y dulces dije:

—No…

Y continué:

—¿Por qué riegas esa luz… apenas puedo mirarte?

—Es mi Cumple –respondió- tuve la mala suerte de nacer un 31 y nadie me hace caso porque todo el mundo va a lo suyo… Lo hago para que se fijen en mí. Me lleno de espejitos de colores por debajo de la ropa y los descubro cuando la gente no me mira… el resplandor y el sol hacen el resto.

Quedé perplejo, ella volvió a la carga:

—Te creíste que era la virgen María…

Dijo con una sonrisa burlona que me mató.

—Aquí donde tú me ves, tengo dos hijos… Me llamo Ileana…Vivo frente a La Gran Vía.

No pude hablar más. Estaba transportado, flotando dentro de un sentimiento indescifrable, único… La volví a mirar y generé una mueca estúpida que pretendía ser una sonrisa… A lo lejos, envuelta en una fina capa gris se vio avanzar la 37. Venía más majestuosa que nunca, como si del carruaje de La Cenicienta se tratara.