Rolando Diaz

 

A mi mujer se le quedó, olvidó, traspapeló, porque se distrajo, o se le fue el santo al cielo… La cartera en un taxi. Contenía su carné de identidad alemán, su NIE de residente española, sus tarjetas, dinero, fotos conmemorativas y sus tickets de compras diversas, porque ella es alemana y todo lo suma, lo dobla, lo miniempaqueta y lo archiva.

Mi reacción fue correr desenfrenadamente a la Parada de Taxis donde subimos al vehículo, pero ella me frenó en seco. Arrancando mi ímpetu de cuajo:

-No -me dijo- llamemos a la Oficina Central de Taxis…como en Alemania.

-No –repliqué imitándola- no estamos en Alemania, estamos en España. Pero calmó mi desespero caribeño y me hizo llamar –a ella no la entienden y a mi casi tampoco- para explicar lo sucedido. Me entregó el comprobante de pago del taxi con un número: quinientos cinco raya cuatro.

Llamé a la Central de Taxís como Broderick Crawford lo hacía en “Patrulla de Caminos”, pero sin el aparatoso micrófono que el actor usaba, sino con mi móvil.

-“Veinte cincuenta llamando a Jefatura”, dije.

Anna me miró como si fuera un lunático perdido, pero la operadora de la compañía de Taxis Valencianos me respondió:

-El veinte cincuenta está ocupado en este momento señor, pero puedo enviarle el treinta y nueve ocho.

Le dije no es necesario, sólo queremos ayuda inmediata pues mi mujer dejó la cartera en el taxi quinientos cinco raya cuatro. La joven, que tenía una voz aflautada, habló nuevamente:

-Les envío de inmediato el quinientos cinco raya cuatro.

El Taxi demoró apenas diez minutos. Y el Chófer nos dijo que la cliente que subió después de nosotros había encontrado la cartera, pero que en vez de dársela a él, le dijo que la llevaría personalmente a la oficina de Objetos Perdidos. Desconfió.

Le requerí a Miguel –así se llamaba el taxista- que nos llevara entonces a Objetos Perdidos. Y cuando tomó la Avenida Primat Reig, un Patrullero nos detuvo. El policía le hizo un ademán para que bajara el cristal de atrás. Y nos dijo que no teníamos puestos el cinturón de seguridad. Le respondí que estábamos en los asientos traseros, como era obvio, y que en la Ciudad no corresponde ponerse el cinturón. Él me replicó, con calma extrema, diciéndome que precisamente en la Ciudad sí se lleva el cinturón, aunque vayas atrás. Le revelé que estábamos hechos polvo porque mi mujer, que es alemana, había perdido su cartera en el taxi y que una usuaria, que la encontró, justo en el asiento trasero, no se la quiso dar al chófer por resquemor e íbamos, con urgencia, a la oficina de Objetos Perdidos. El policía nos dijo que el trámite de la multa sería rápido.

-Sólo me dan sus datos, les doy una copia del reporte y con ella abonan en cualquier banco doscientos euros cada uno, argumentó.

Quedé perplejo y mi mujer habló en alemán. Mejor que no sepamos lo que dijo. El policía, que lo habría imaginado, le miró sonriente y continuó:

-Si pagan antes de veinte días se rebaja el cincuenta por ciento: cien euros cada uno.

Anna volvió a hablar en alemán y el policía volvió a sonreír. Nos dio un nuevo ticket que guardé en el bolsillo de mi pantalón para que Anna no lo archivara y Miguel continuó camino a Objetos Perdidos.

Pagamos la carrera y cuando me bajé, pensando aun en los cuatrocientos euros de la inusitada multa, pasó a mi lado, a velocidad de vértigo, una mole envuelta en plumas. Tropezando, antes de caer al suelo producto del casi contacto directo con aquella “aparición”, miré a Anna que había quedado como Shelley Duvall en “El Resplandor”, sólo que yo no era Nicholson, sino la víctima.

Me puse en pie tambaleándome y pude divisar un inmenso, sobrenatural, acojonante Avestruz que se revolvía confuso y asustado entre coches que se agolpaban en la intersección de dos grandes avenidas. La voz de un megáfono dominó el espacio sonoro:

“Procedan con calma, no es un animal agresivo… despejen la zona” dijeron.

De inmediato recordé una insólita escena de “Alicia en el Pueblo de Maravillas” donde por las calles del villorrio también se desplazaban inesperados Avestruces.

Me alejé prudencialmente y pregunté a un transeúnte interesado. Me respondió que se trataba de una comuna experimental que pretendía criar esas aves inspirada en una experiencia cubana… lo miré con resquemor y  me alejé abrazando a Anna. Pudimos ver cómo unas personas bajaban desde una furgoneta lanzando una inmensa red que manejaron con destreza, hasta que lograron, después de varios fallos, darle caza al despavorido animal. Con pasmosa eficiencia, entre ocho hombres y mujeres (los conté) introdujeron el Ave en la parte trasera de una suerte de carreta rural muy moderna, sin techo, y se esfumaron del lugar, mientras Anna manteniendo el rostro asustado de la Duvall y me dijo:

-Estas cosas no pasan en Alemania.