Obdulio Duparol

 

Hoy día está por todos lados. En los teléfonos, en los autos y hasta en los electrodomésticos. Ya no nos sorprende que le hablemos a Alexa, o a Siri, y nos responda. No nos sorprende, incluso, que Siri o Alexa sepan más que nosotros. Pero, así y todo, somos felices.

Hace unos días me enteré de que Facebook tuvo que desconectar a dos robots que se pusieron a parlotear entre ellos en un lenguaje que resultaba incomprensible para los humanos. Vaya, lo mismo que cuando mis hermanas no querían que me enterara de lo que hablaban entre sí y decían, “¡Chi-es chi-te chi-chi chi-qui chi-llo chi-no chi-de chi-ja chi-de chi-fas chi-ti chi-diar chi-un chi-mi chi-nu chi-to!”. Y tenían razón, porque yo de pequeño era un clavo. Me enfurecía muchísimo con aquellas jerigonzas, pero mis hermanas se divertían de lo lindo. Como ahora nosotros, a pesar de que los dos robots conversadores de Facebook son el preludio de lo que puede llegar a pasar en el futuro. A Space Odyssey y Terminator están a la vuelta de la esquina. Pero, así y todo, somos felices.

Cada día tenemos más inteligencia artificial y, contentos, nos dejamos mangonear por los mismos aparatos que hemos inventado para hacernos la vida más fácil y llevadera. Pero entonces nos asombramos de que haya gente que cree en cuanta teoría conspirativa existe, no importa cuán disparatada sea. ¿Será que en la medida en que hay más inteligencia artificial, tenemos menos inteligencia natural? ¿Nos convertiremos en los esclavos de las Siris y Alexas futuras? ¿Es que no lo somos ya?

Pero, así y todo, seguimos siendo felices.