La Lombriz

Hernán H

Era temprano en la mañana. Abrí la puerta de mi casa y salí al portal. Comenzaba otro soleado día del verano con cielo azul y pocas nubes blancas. La noche anterior había llovido y sentí la exuberante sensación de esa vida limpia y saludable que nos daba el campo al sur del Miami donde yo vivía por más de un par de décadas atrás, en la localidad de Princeton, donde, alrededor del tranquilo y moderno barrio, se disfrutaba de verdes campos con siembras de maíz, papas, fresas y otros productos vegetales, se escuchaba el cantío de gallos y se podía sentir el olor a tierra húmeda venida desde lejos cuando había caído alguna lluvia. Disfrutaba la sencilla tranquilidad de mi barrio tan apegado a la naturaleza. Desde el portal contemplé el césped y las plantas de mi jardín antes de dirigirme a mi automóvil en el aparcadero dentro del área de mi vivienda – o “driveway” – como diríamos en inglés. Yo salía para atender mi trabajo, un negocio de imprenta que tenía junto con mi hijo Fobos – “H&H Graphic Design Services”- en la calle 8 de Miami. Ya había abierto la puerta de mi auto cuando vi una lombriz de tierra justo en el medio de la acera por donde saldría yo en marcha atrás. La contemplé por un instante. El pobre animalejo se retorcía en medio de la acera castigado por la candente luz solar que le caía encima sin compasión. Había salido de su segura tierra que ahora la ahogaba, por estar inundada con la lluvia de la noche anterior. En su afán por huir no atinaba el camino a tomar. Su agonía era plena y evidente. Sentí pena por esa vida en tormento y decidí ayudarle. Caminé hasta ella, me agaché y la agarré entre mis dedos. Me levanté y la puse en la palma de mi mano izquierda. Sonriendo la contemplé por un rato. ¡Yo la había salvado! La lombriz era de buen tamaño, de un húmedo color carne rojo anaranjado. Sentí mi compromiso con la lombriz. Tenía el deber de salvarla porque todos estamos unidos por los mismos hilos de todas nuestras vidas. Contento por mi acción me agaché para dejarla en una parte húmeda y sin sol del césped donde la lombriz encontraría seguro refugio. Me incorporé de nuevo observando ahora el lugar donde la había dejado, sintiendo todavía la sensación que uno tiene cuando sabe que ha hecho el bien. Di media vuelta para regresar al auto, pero ahí me quedé tieso como una piedra: a lo largo de toda la acera, hasta llegar a la esquina, cientos de otras lombrices de tierra se retorcían agonizantes sin saber a dónde escapar, castigadas por el fulgurante calor de los rayos del sol de esa mañana. La naturaleza es implacable. Si, es cierto, se puede ayudar a unos, pero, ¿Cómo ayudar a todos los demás? He ahí el gran dilema de la humanidad.

©2021 Hernán Henríquez