La Lengua

Así fue, “lo que nadie pudo imaginar”.

Estábamos en la cafetería del centro comercial “La Copa”, al final de la calle 60 esquina a primera avenida, Miramar, reparto de Marianao, La Habana, Cuba, ya en los años de “revolución”, a finales de los 60s, dónde conseguir algo para comer era el “pan” nuestro de cada día. A eso de las 12:30 de la tarde yo pasaba por allí y -¡Oh!- había cola; donde hay cola hay comida y eso no se deja pasar, así que fui para allá -“¿El último?”- pregunté, como siempre se hace al llegar. -¡Yo, y conmigo vienen dos!- respondió uno -¿Qué hay?- pregunté -¡Tamales!- respondió otro. Y ahí las voces de siempre: -“¡Aquél se quiere colar!”- dijeron por allá -“¡Yo marqué primero!”- dijeron por acá, y así hasta que abrieron la puerta dando la orden para entrar: -¡”Arriba, pasen cubriendo mesa por mesa”!- horrible costumbre aquella: nos trataban como ganado -¡Dale por aquí, cubriendo!- exigía el empleado como si tratara con reclutas o presos -¡Tú siéntate aquí, y tú acá!- en mesas de cuatro sillas y nosotros gente sin voluntad, sólo pensando en la comida. Me tocó sentarme con un rubio flaco a mi izquierda, una mujer cuarentona a mí derecha y frente a mí un mulato gordito cincuentón con cara de buena gente y bien vestido. El camarero tomó la orden: -¡A ver, tenemos tamal a uno por persona, prohibido sacarlo a la calle, hay que comérselo aquí mismo!- eso era todo, ahora a esperar lo pedido, y mientras tanto el rubio flaco se puso a contar chistes –“Bla Bla Ja Ja”- y la mujer a mi lado, riéndole la gracia –“Ji Ji Jo Jo”- también se puso a contar chistes –“Bla Bla Ja Ja”- yo observaba, sonreía, y el mulato también, con cara de beato santurrón. El rubio flaco seguía dale que te dale poniendo más énfasis en sus chistes, lo mismo que la mujer a mi derecha –“Bla Bla Jo Jo”  Yo y el mulato sonreíamos pero sin decir nada. El rubio flaco miraba al mulato tratando que también contara sus chistes, pero éste sólo movía la cabeza mostrando una divertida sonrisa. El camarero puso los platos con los tamales en la mesa, agarramos los tenedores para comer pero, el rubio flaco, con sus “Ja Ja Ja” seguía intentando que el mulato contara algo. Cortaba yo mi primer pedazo de tamal cuando el mulato, al fin, decidió hablar –“Blaag Bluug Jagg Joog”- decía con un gorgoteo de rara voz. Levanté la mirada y vi “lo que nadie pudo imaginar”: al mulato le salía por la boca una enorme lengua amoratada cruzada con rojas y brillantes venas varicosas; parecía una colorida corbata de horrible apariencia colgándole ahí que, el mulato, en su ahora alegre verborrea –“Bluugg Jaabg Jojog”- era incapaz de meter de nuevo en su boca. El rubio, la mujer y yo nos miramos con asombro, bajamos los ojos huyendo del repugnante espectáculo, y en total silencio apuramos el tamal que teníamos que comer allí mismo, porque estaba prohibido sacarlo para la calle.