Ella y ÉL

 

Hernan H.

 

Los primeros recuerdos de mi infancia están impregnados de aquél solar yermo frente a nuestra casa donde yo nací allá por el año 1941. Era grande: 50 metros desde el centro de la cuadra hasta la esquina a nuestra derecha, y con otros 50 metros de profundidad, o sea; 50 metros cuadrados de superficie. Ese placer fue mi selva, mi campo, mi naturaleza viva en todo su esplendor, cubierto de yerbas, plantas silvestres con florecillas rojas y bolitas negras conocidas como “maravilla” y otras plantas de largas hojas verdes con florecitas blancas llamada “escoba amarga”. Ya desde mis 4 o 5 años correteaba yo por allí en esa vegetación que sobrepasaba mi cabeza: iba tras las mariposas que azotaba con chuchos de escoba amarga que arrancaba agarrando esos matojos desde abajo y ¡ZAZ! ¡ZAZ!, iba yo golpeando a esos bellos insectos que entonces volaban en gran cantidad por nuestros vecindarios en esos días de verano con cielo azul y sol brillante que llenaba de sudor mi cuerpo que, al contacto con el polvo de la tierra colorada me producía salpullido en el cuello. Ese terreno era propiedad de la vieja señorona de raza negra, “Isabelita”, como le decían, que había sido rica y dueña de toda la cuadra, de esquina a esquina, en lo que entonces se llamaba Avenida Quinta entre la calle 8, por donde pasaba la “guagua” de la ruta 28, y la calle 9, por donde pasaban los tranvías de las rutas I1 y U4.

Por aquél entonces el barrio era residencial de clase media, con bellas grandes casas de arquitectura ecléctica. Isabelita era dueña de una casona de dos pisos a media cuadra frente por frente a la nuestra. Las cosas no duran para siempre y ese mundo idílico de mi infancia fue cambiando con el devenir: la economía de la vieja Isabel entró en decadencia y para el año 1948 tuvo que negociar partes de su propiedad. Comenzó vendiendo la esquina de Avenida Quinta y calle 8, donde se fabricó un edificio de apartamentos de dos pisos que pintaron de color rosado con detalles en blanco. En la planta baja tenía dos apartamentos por la parte de la Quinta Avenida, en la misma esquina un local para poner una bodega y por el lado de calle 8 un local para poner una carnicería más un apartamento. Al segundo piso se subía por una escalera y allá arriba hicieron dos apartamentos que daban por la Quinta Avenida; un apartamento más grande que hacía esquina y otros dos apartamentos más por el lado de calle 8. Antes todas las viviendas en nuestra zona eran individuales, pero fue luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, en el año 1945, fue cuando se comenzó a fabricar apartamentos. Las cosas no duran para siempre y vi como el mundo de mi infancia se transformó en lo que entonces se iba convirtiendo en mi devenir en un proceso incontrolable que todo lo iba cambiando. A ese edificio rosado se mudó al segundo piso, en el apartamento de la esquina, una familia venida del pueblo de Bauta, el señor Nicomedes con su esposa y sus hijos Omar, Pedro, Raúl y el menor de ellos, Aramís, que fue el tercer amigo de mi infancia. Al apartamento de arriba a la izquierda, por el lado de Avenida Quinta, se mudó una madre con su hija, Anisia, una niña de mi edad que, según mi madre y mis recuerdos, fue mi primer amor, y todavía la recuerdo en toda su gracia y feliz belleza, como si fuera una foto grabada en mi memoria: cuando la conocí le dije a mi madre – “Mamá, esa niña me gusta” – y ella me respondió: – “es que te has enamorado”. A ese apartamento tiempo después se mudó Hortensia, esposa de Félix Elmuza, turco él, y su hijo Felito, el primer niño con quién yo, una tarde de domingo, me enredé a golpes en medio de la avenida. En los bajos del edificio un chino, llamado Julio, puso un puesto de frutas; un gallego, llamado  Magín, puso la bodega; el cubano Jesús puso la carnicería; el viejo Justo puso su negocito de zapatero remendón en un pedacito de portal entre la bodega y la carnicería; y un tal Rosado puso un puesto de fritas ahí mismo en la acera de la esquina: dónde comíamos “perros calientes”, pan con frita; pan con bistec y otras cosas. Y ahí, acelerando como quién ve una película, paso por muchos cientos, miles de recuerdos a toda velocidad, mirando dentro de mí todo lo ocurrido en esa esquina: choques de autos; camiones; venta de cerdos, pollos y guanajos en Navidad; jugando a las bolas; los trompos; papalotes; disparos; tiroteos entre gánster del suceso de Orfila; gobierno de Grau; Prío; golpe de Batista; llegada de la revolución, y ahí frenando mis recuerdos hasta llegar al año 1962 cuando se creó la OFICODA, organismo que se encargaba de  la “Libreta de Abastecimientos”.

Ahora en el segundo piso del edificio de apartamentos, el que queda al extremo por “Avenida Quinta”, perdón, ahora se llama “Calle 70”, se había mudado, desde hacía un tiempo atrás, una mujer y su hijo, que habían vivido en ese apartamento sin problemas. Pero resultó que se presentaron dos funcionarios del “Gobierno Revolucionario” del departamento “Solución de Problemas con la Libreta de Abastecimientos” para atender una acusación contra la “compañera”, que habitaba ese apartamento.

Tocaron a la puerta y la mujer abrió – ¿Qué desean? – preguntó ella – Mire, compañera, somos funcionarios de la OFICODA – respondió el hombre identificándose con un carnet – ¡Han hecho una denuncia acerca de cuántos y quiénes son los integrantes de su núcleo familiar! – explicó el que iba al frente con unos papeles en la mano.

– ¿Que’s lo que pasa? – preguntó la mujer. – Mire, compañera, el problema es que, según dice la denuncia: “La ciudadana se ha inscrito en la “Libreta de Abastecimientos” como que en su núcleo familiar hay dos personas, que son Ella y su Hijo” – explicó el funcionario, y continuó – Díganos, compañera, ¿Dónde está y quien es su hijo? – preguntó cómo perdiendo la paciencia.

– ¿Mi hijo? – reaccionó ella preocupada – ¿Por qué lo pregunta? – los dos funcionarios se miraron a la cara mutuamente, y la mujer, aprovechando la pausa, se recompuso invitándoles a un café

– ¡Vamos, pasen compañeros, los invito a una tacita de café! – los dos hombres entraron a la sala y se sentaron en el sofá que le ofrecían. La mujer se fue a preparar el café, como quién se toma un tiempo para preparar cuál sería su respuesta. Ya listo el brebaje la mujer retornó a la sala con tres tacitas de humeante café sobre un plato. Los dos funcionarios agarraron las tacitas y ya disfrutaban los primeros sorbos del café cuando la mujer comenzó a explicar: – Bueno, miren compañeros, si, yo tengo mi hijo, pero él no está aquí ahora – explicó ella, pero le volvieron a preguntar – ¿Y dónde está él? – insistiendo ya impacientes – ¡Porque en este documento se dice que usted es soltera, que nunca se ha casado ni ha parido ningún hijo!

– ¡Pues si tengo un hijo! – dijo ella subiendo el tono – ¡No es madre sólo la que pare! – afirmó dándose un golpe de pecho – ¡Yo tengo un hijo que depende de mí y es mi deber alimentarlo, por eso lo tengo registrado en la OFICODA:  nosotros somos dos, en mi casa somos ¡¡DOS LAS BOCAS QUE TENEMOS QUE COMER!! – gritó, y luego de estas palabras se dirigió a su cuarto y regresó con un hermoso perro pastor alemán – ¡Este es mi hijo, y tiene derecho a comer como todo el mundo! – los funcionarios abrieron los ojos incrédulos ante lo que veían, y uno de ellos exclamó:

– ¡¡Ah, carajo, así que este es su hijo! ¡Pues no puede ser, ciudadana, esto es un perro, UN ANIMAL! – y diciendo estas palabras el hombre tomó unos documentos y se los entregó a la mujer, pidiéndole – ¡Firme aquí, desde hoy a su “HIJO” se le da de baja en la OFICODA! – agarrando los documentos y llorando, entre gemidos y más gemidos, la mujer tomó los papeles y a duras penas los firmó, a la vez que se quejaba – ¡Ay, Dios! ¿Y ahora que le voy a dar a mi niño? él necesita carne para comer!

Ya calmado y compadecido el funcionario le explicó – Mire, compañera, solicite la cuota para perros y con eso tiene resuelto su problema.

– ¡Qué va, eso son pellejos, yo alimento a mi hijo con carne de primera: filete; palomilla; picadillo sin grasa!

– Bueno, si eso es así dele parte de su cuota de carne limpia que le dan para usted – le aconsejó el funcionario guardando en su maletín los documentos firmados.

– ¡Pero es que, además de la cuota que yo cogía para él, yo también le doy toda la mía y así y todo NO LE ALCANZA! ¡Ay, Dios, ¿Y ahora que voy a hacer? ¡Mi hijo se me va a morir de hambre!

Los funcionarios se retiraron. La mujer cerró la puerta, y se quedó allí en la sala llorando junto a… ¿su hijo o su perro?

 

©2021 Hernán Henríquez