Los Miedos

Hernan H

 

La humanidad, desde tiempos de las cavernas, ha vivido con temores por su ignorancia, por no saber como son las cosas de la naturaleza. Esto ha llevado a las más absurdas creencias.

Mi suegra, cuando iba a salir lo primero que hacía era comprobar si estaba lloviendo: ponía su brazo al frente por un rato, y si sentía que le caía una gotita de agua, UNA SIMPLE gotita de agua, ya no salía de la casa -Pero, Nena, ¿Qué ocurre? – le preguntaba yo – ¡Porque está lloviendo, y si me mojo me da catarro! – me respondía muy segura de sí con la lógica de su desconocimiento. Y así era la cosa: puras tonterías creadas por los mitos. Como lo de mi tío, a quién yo decía “Tita”, que esperaba tres horas, – ¡Ni un minuto menos! – para que, luego de haber comido algo, le hiciera la digestión. Antes de ese tiempo todo estaba prohibido: comer otra cosa; bañarse; leer; afeitarse; correr; trabajar; tomarse un medicamento; lo que fuera…  por ejemplo: cuando yo tenía 13 años de edad y ya me comenzaban a salir los primeros pelillos del bigote, un mediodía luego de almorzar, agarré la maquinita de afeitar de mi tío “Tita”, con cuchilla de un solo filo que era el modelo que se usaba antes y que él tenía en el botiquín del baño. Me enjaboné mi incipiente bigotillo y levanté la maquinita cerca de mi cara cuando, en ese momento justo, Tita entró al baño y me vio – ¡Qué haces, muchacho! – me espetó alarmado, a la vez que me dijo: – ¡Acabas de almorzar, te puede dar una embolia! – a lo que le pregunté – ¿Pero por qué, Tita? – ¡Por la impresión del agua fría en tu cara! – me dijo. – ¡Pero uso agua caliente! – le aseguré; pero no, el insistió: – ¡Mira, muchacho, es el frío del filo de la cuchilla! – dijo, pero ya eso me pareció absurdo: “el frío del filo de la cuchilla”. Mi tío sabía mucho, pero en eso estaba equivocado, y seguro de mí me afeité. La otra cosa era la “Luz de la Luna”: mi tío le tenía pánico. Decía que era fría y que esta provocaba males a quién estuviera expuesto a ella. Una noche de calor se había acostado con la ventana del cuarto abierta para refrescarse y – ¡Horror! – se despertó a media noche viendo que estaba “BAÑADO POR LA LUZ DE LA LUNA”, y se levantó corriendo a cerrarla, rogando que nada le pasara por el error cometido. Así era la cosa: la luz de la Luna generaba graves enfermedades: eso creían los más viejos, la gente de antes.

Ya en el año 1971, por el 12 y 23, Vedado, estaba el ICAIC y una cuadra más allá, en el mismo 23, entre las calles 8 y 10, nuestro Departamento de Dibujos Animados. Desde hacía años yo trabajaba allí con el cargo de director de películas animadas. En la acera de la esquina opuesta, había un restaurante “MAR INIT” y más acá estaba la “Tienda de Variedades”, el antes llamado “Ten Cents”, donde almorzábamos los compañeros del ICAIC. En la otra esquina la nueva cafetería “Loipa” con sus magníficos “hot dogs”, y otros lugares a los que yo iba y visitaba, como la familia de aquella señora llamada Esperanza, con su esposo, un hombre alto y rubio, panadero ya jubilado él; su hija María Eugenia, maestra de colegio, y su vieja tía Caridad, a quién decían “Caruca”. La vivienda estaba en el segundo piso de un viejo edificio de dos plantas, a media cuadra, en calle 6 entre las avenidas 21 y 23. Para entrar a visitar la familia entraba yo abriendo una reja de hierro que desde la acera daba paso al jardín; de ahí caminaba unos pasos hasta el portal de los pisos de abajo y miraba arriba al balcón de mis amistades. Daba unos pasos hasta la puerta de entrada y allí halaba una cuerda dos veces, que hacía sonar una campanilla allá arriba. Retrocedía hasta el jardín para mirar al balcón de arriba. Allí se asomaba Esperanza y yo la saludaba que, al verme, halaba otra cuerda que abría el pestillo de la puerta por donde yo entraba escaleras arriba: esas escaleras tenían un peculiar olor muy propio a “paredes viejas humedecidas por el tiempo”. Ya arriba pasaba a la sala donde me recibían, me sentaba en un sillón y conversábamos por un rato. Esos momentos, cuando una que otra vez iba, eran siempre en mis horas de almuerzo cuando yo disponía de un buen tiempo libre para socializar con los conocidos de mis alrededores. Así era siempre que yo los visitaba. Eran buenas personas y los temas de nuestra conversación era acerca de la vida cotidiana, como un pequeño descanso del diario vivir.

Y ocurrió que en una de esas visitas encontré a la vieja Caridad muy lastimada: tenía moretones por los brazos y la cara; por la frente y un ojo amoratado; se le veían cortaduras y postillas ya secas, con manchas de “mercurochrome” por aquí y por allá. Mi sorpresa al verla en esas condiciones fue grande: – ¡PERO, CARUCA! ¿QUÉ LE HA OCURRIDO? – por su estado imaginaba que se había caído por las escaleras o que algún malhechor la había asaltado por la calle. – ¡Ay, hijo¸ no es lo que te imaginas! – me respondió lastimera – Lo que me ocurrió fue que hace par de días atrás me desperté a media noche y me vi “BAÑADA POR LA LUZ DE LA LUNA” – me dijo medio temblando, y continuó – Eso me asustó y corrí a cerrar la ventana del cuarto – aquí Caruca hizo una pausa reflexiva. Quiero hacer notar que, por ser un viejo edificio de arquitectura ecléctica, su puntal era alto con ventanas de dos hojas tipo persianas francesas, más altas de lo que más tarde se usaron en épocas más recientes. Y luego de su corta pausa Caridad concluyó su relato: – ¡Corrí a cerrar la ventana en medio de la oscuridad, llegué a ella, la agarré fuerte y… – aquí Caridad hizo otra pausa y tragó en seco – ¡Le di un tirón y una de las dos hojas se desprendió de las bisagras y! – concluyo casi llorando – ¡ME CAYÓ ARRIBA! ¡Y vea usted como me dejó! ¡Oh, Oh, sniff, sniff, ¡Qué desgracia! – luego de escuchar su triste relato le dije con ironía: ¡Caruca, la luz de la Luna POR POCO LA MATA!

 

©2021 Hernán Henríquez