El Atracón

 

Hernán H

 

Siempre me habían llevado, mi madre o mi tía; pero llegó el momento en que yo tomé la “guagua” (como le dicen al bus en Cuba) ruta 28, ahí en la esquina de mi casa: calle 70 y avenida 21, donde estaba la tienda “El Regalo”, en Buenavista; para ir, yo solo, hasta J y 23, en el Vedado. Era el verano del año 1951, y yo tenía 10 años de edad. Fue la primera vez que me sentí solo y lejos de mi casa. Serían como las 10 A.M. y a esa hora en las “guaguas” viajaban pocos pasajeros: iban semivacías. La mañana se veía clara, con un hermoso cielo azul. La “guagua” de la ruta 28, en ese entonces pertenecía a la COA (Cooperativa de Ómnibus Aliados) buses que estaban pintados de color crema arriba y castaño oscuro abajo, con una franja más oscura todavía entre esos dos colores, al medio y a todo su alrededor.

Me sentía feliz, emocionado: para mí era la gran aventura. La razón de mi viaje era que, el hermano de mi padre, mi tío José, a quién yo decía “Tita”, que era mecánico de equipos de panadería y refrigeración estaba haciendo un trabajo en una de las máquinas en la conocida panadería dulcería llamada “La Ward”, que estaba situada a mediados de la calle J entre las avenidas 21 y 23, en el Vedado: el nombre completo de esa panadería era “The Ward Tip Top Bakery Company”. La razón de mi viaje era que, a mi tío “Tita”, que estaba a cargo de los equipos mecánicos de “La Ward”, se le había olvidado o necesitaba alguna herramienta especial y llamó por teléfono a la casa para que yo se la llevara. Y así fue, me bajé en la parada de 23 y J; crucé la avenida 23 rumbo a la panadería, que estaba a mitad de cuadra, y al llegar entré a la misma. Las dos empleadas que atendían a los clientes en el mostrador, como me conocían, al verme entrar me saludaron con una sonrisa; y una de ellas, una americana rubia que hablaba bien el español me obsequió (como siempre hacía) un “cupcake” recubierto con una sólida capa de fresa azucarada. Le di las gracias y, quitándole el papelito que tenía por debajo, de inmediato – ¡Humm! – le di el primer mordisco. Ellas siempre me daban ese tipo de dulce. Me lo comí y pasé al fondo en busca de mi tío José. Allí estaba él, con sus espejuelos de ver de cerca (como siempre) encaramados arriba de la cabeza. – ¡Tita! – le dije al verlo, y agregué – ¡Traje lo que pediste! – mi tío agradeció el favor que le hacía – ¿Qué tal te fue el viaje? – me preguntó – ¡Muy bien, no tuve miedo, me gustó hacerlo! – le expliqué muy satisfecho de mí – ¡Estás crecido muchacho, veo que ya puedo contar contigo para estas cosas! – y luego de esas palabras continuó con su trabajo. Yo, como siempre hacía cuando él me llevaba allí, di vuelo a mi curiosidad mirando por aquí y por allá. Así transcurrió el tiempo, entre una cosa y la otra. Por momentos miré lo que él hacía: reparaba una máquina cortadora de pan averiada. Y así pasó el tiempo: me sentaba, me paraba, caminaba. Y de pronto me vi frente al cuarto donde se almacenaban los dulces antes de pasarlos a los camiones que saldrían en la mañana para repartirlos a los distintos comercios. Quedé impresionado al ver aquella gran cantidad y variedad de distintos dulces con bellos colores que descansaban en sus bandejas colocadas entre los múltiples anaqueles desde el piso al techo y todo alrededor del cuarto – ¡Qué delicia! – mis ojos no podían creer lo que veían. Y en ese momento justo, para mí mágico, comenzó un deseo creciente dentro de mí: quería probar cada uno de todos aquellos dulces. Fui junto a mi tío y le pedí que hablara con el dueño: un viejo llamado “Mister Ward”, norteamericano él, a quién mi tío estimaba y conocía desde mucho tiempo atrás – ¡Muchacho! – me respondió mi tío con asombro – ¿Tienes hambre? – ¡No es hambre, Tita! – le dije – ¡Sólo quiero probar! – Al rato vi a mi tío hablando con “Mister Ward”; y luego éste se me acercó sonriendo, puso su mano en mi hombro a la vez que me decía: – ¡Dale, muchacho, entra y come todo lo que quieras! – con esas palabras todavía en mis orejas me fui al cuarto de los dulces: – ¡Qué maravilla, comer todo lo que yo quiera! – tremendo ATRACÓN el que me voy a dar – pensaba yo anticipando lo que sería mi gran placer. Ya dentro del cuarto de los dulces me paré exactamente en el centro del mismo. Giré a mi alrededor mirando la maravilla de todo lo que allí veía: tartaletas de frutas; montecristos de chocolate y crema de vainilla; coscones polvoreados; señoritas de crema; natillas de todo tipo; pasteles de hojaldre con guayaba; mantecadas; pudines; tortas de canela; magdalenas; caracol con crema; mazapán; tocino del cielo; torrijas; pan de gloria; rosquillas; polvorones con crema; panetelas borrachas; brazos gitanos… y mil cosas más. Pero de todo lo que más me llamó la atención fue un capuchino almibarado de gran tamaño: ese sería mi primera selección. Agarré el capuchino y – ¡Hummp! – le di el primer mordisco – ¡Sabroso! – Yum, Yum, Yum, – me estaba dando el gran banquete, pero – “Cosa extraña” – pensé: al terminar de comerlo me sentí satisfecho, saturado, y perdí el deseo de seguir comiendo otra cosa más. Todavía incrédulo por mi súbita pérdida de apetito miré a mi alrededor contemplando aquellas maravillas: me sentía lleno, satisfecho, empalagado, y salí del cuarto almacén. Aquél capuchino le dio una gran lección a mi arrogancia: saber las medidas de las cosas, no quieras más de lo que puedas obtener.

 

©2021 Hernán Henríquez