Buche de Pescado

Hernán H

 

Allá por finales de los años 60s y principio de los 70s, acostumbraba yo escuchar la onda corta para saber qué ocurría fuera de Cuba o sus alrededores.

En horas de la noche, cuando mejor se escuchaba, me tiraba en la cama, con mi espalda sobre la almohada y la cabeza apoyada en la baja cabecera, como quién descansa en un cheslón, inclinado un poco hacía mi izquierda, al estilo de los antiguos romanos. Nuestra cama eran en realidad dos individuales una junto a la otra; dos plataformas de madera y sobre ellas una simple colchoneta, que cubríamos con la sábana. Tan dura y sólida era la cama que se podía caminar sobre ella. Y no es que fuéramos masoquistas, no, en realidad era lo que nos gustaba. A mi izquierda una mesita de noche con su lámpara y un radio Hallicrafter S-38, con selector de cuatro bandas. Ese radio había sido del tío de mi esposa Liana y hermano de mi suegra Nena, que tenía en su casa del reparto Santa Catalina, dónde mi esposa y yo, luego de casarnos, habíamos vivido una temporada con su abuela, doña María.

Los Hallicrafters eran usados por aficionados a la radiotelefonía, pero este modelo, el S-38, no transmitía, era solamente un receptor, pero de calidad profesional, y sintonizaba muchas bandas y longitudes de onda mediante sus controles.

Cuando me echaba a escuchar mantenía mis ojos cerrados y el radio encendido con la longitud de banda seleccionada, girando con suavidad el dial, atento al sonar de todos los ruidos: …“fiuú piuú”… buscando algo que resultara de mi interés: chirriantes sonidos y algunas voces en distintos idiomas; de radio aficionados; emisoras internacionales; aviones; buques en plena mar; la estación del Meridiano de Greenwich marcando el tiempo universal segundo a segundo con su característico sonido de toc, toc, toc, y cada minuto un – “PIMMMM” – para luego seguir con su monótono toc, toc, toc, y así, minuto tras minuto.

Las emisoras internacionales, al inicio de la noche comenzaban a transmitir en español: América Latina entraba toda en el mismo meridiano norte-sur.

En la banda de los 10 metros, a las 8 en punto sonaba una estática – “piuúfiuú”- y se escuchaba las notas musicales de La Internacional, en extraños tonos asiáticos, para luego anunciar con voz de falsete: – “Aquí, Radio Pekín” “Aquí, Radio Pekín” “Aquí, Radio Pekín” – y luego escuchar una histérica voz echando pestes contra la URSS; pero en eso le ganaba la radio de Albania, más recalcitrante todavía.

Una de mis características es la curiosidad. Querer saber lo que había más allá del entorno que me rodeaba era el gran motivo que me hacía estar ahí cada noche recorriendo suavemente el dial en busca de las ondas radiales para descubrir algo nuevo.

Me resultaba habitual escuchar la BBC de Londres; La Radio Nacional de España; La Voz de los Andes; La Voz de las Américas… hasta la Radio Nacional de El Salvador, dónde me resultaba curioso un programa de Alcohólicos Anónimos, que ponían los domingos por la tarde y yo escuchaba mientras dibujaba mi página de historietas “GUGULANDIA”.

Cada alcohólico contaba su historia y todo me sonaba muy humanamente folklórico:

– Mire compadrito, yo me tomaba dos o tres botellas diarias y me orinaba en la calle – decía uno.

– Perdí toda mi familia, por estar siempre borracho, les robaba para tomar, no pudieron aguantar más y me echaron a patadas – decía otro.

Los problemas y consecuencias de sus acciones, que iban narrando los participantes, era una tragicomedia que a veces me hacía reír y otras penar.

Escuchar a los radioaficionados era un poco monótono porque casi siempre eran asuntos técnicos: – “Qué si cuántos watts le pusiste,”- decía uno por acá; y – “que si no sé qué cosa con los amperes,” respondía otro por allá.

Claro que había momentos importantes, como aquellas transmisiones en plena noche que escuché de un radioaficionado narrando, desde el norte de Honduras, la terrible embestida del paso de un huracán que en esos momentos azotaba la zona.

De vez en cuando, entre lo habitual, encontraba cosas completamente inesperadas, como aquella señal que descubrí transmitiendo conversaciones telefónicas entre cubanos residentes en la ciudad de Miami: – Rrriiiinnnnggg – sonaba un teléfono.

– ¡Haló, dígame!

– Hola, Cuca, le puedes decir a Cuquita que puede venir a buscar el vestido cuando quiera; ya terminé las “alteraciones”.

– Bien, le digo que te llame “pa’trá”.

Rinnnngggg – sonaba otro teléfono.

– ¡Hola, Tomás, al fin te agarré ahí en el taller! ¿Ya está listo el carro?

– La pieza que pedí todavía no ha llegado del “diler”, te aviso en cuanto llegue el “deliveri,” que ahora estamos terminando el “tunop”.

Riiinnngggg – otra llamada.

– ¿Haló?

– Te habla Miguel, cariño, voy a pasar por el mercado a comprar 20 “pesos” de carne para el “barbiquiú” de mañana.

– Y no te olvides del maíz, que está a tres mazorcas por un “peso”.

Riiiinnnnnggg – otra más.

– ¿Haló? – otro cubano contestando.

– Ya el médico me puso la collera. El carro quedó pérdida total, pero dice el abogado que como me dieron “por atrás” vamos a meter un “su”.

Riiinnnnggg – otro teléfono más.

– ¿Haló? ¡Ah, Rubén, eres tú! ¡Oye, cuando salgas del “partain” vete a comprar los “mandaos” que hoy comienzan los “especiales”!

Y así, echado en mi cama, escuchaba esas curiosas conversaciones de los cubanos de Miami con sus extrañas palabras: alteraciones; “patrá, diler, deliveri, tunop, barbiquiú, partain, especiales”, y otras más. Entre todas esas expresiones me resultaba raro que los cubanos, luego de llevar años viviendo en USA todavía le dijeran “peso” al dólar.

En una ocasión, buscando por unas bandas poco utilizada y donde las ondas son un poco más largas, encontré unas claras transmisiones que de inmediato despertaron mi interés: eran de barco a barco entre los tripulantes de la flota camaronera cubana en el Golfo de México.

Cuba había comprado a España barcos para la captura del camarón: “gambas,” como le dirían por allá los gallegos.

Esos barcos eran pequeños y operaban en grupos. Los tripulantes tenían que permanecer tres meses en alta mar realizando su tarea; mientras, un barco madre iba a recoger lo capturado. Y así pasaban el tiempo estos pescadores, entre sus diarias jornadas de pesca; el tedio de cada día sin más nada que hacer; y el constante anhelo del regreso a

– Haló, haló, aquí camarón 4; camarón 4; corto.

“Piuchhhhhzzz” – estática.

– Aquí cherna 3; aquí cherna 3; te escucho alto y claro; corto.

“Piuchhhhhzzz” – estática.

– Camarón 4 a cherna 3; camarón 4 a cherna 3; corto.

“Pichhhhzzzz” – estática.

– Aquí cherna 3; aquí cherna 3; camarón 4 te escucho fuerte y claro; corto.

Y así, los tripulantes de cada barco se comunicaban entre sí para matar el tedio de sus largas horas de ocio. Las conversaciones siempre giraban alrededor de las cosas de la vida cotidiana: la captura del día; el estado del tiempo; de lo bueno o mala que estuvo la comida; la familia; y sus fantasías sexuales.

– ¡Esto aquí me tiene loco ya! – decía uno de los tripulantes – ¡En cuanto baje a tierra le parto parri’ba a mi prieta y le voy a dar por to’los la’os; ¡“HASTA POR LAS OREJAS”! aunque le salga otitis!

Así, de vez en cuando los escuchaba: bromas; chistes; quejas y más quejas. Pero sobre todo el sexo: eso era su gran problema.

– No, si ya te digo – decía uno – aquí hay que estar siempre con las nalgas pegadas a la pared, no vaya a ser que a alguno se le ocurra agarrarte “por atrá”. “Nalgas pegadas a la pared”: esa era una de las típicas expresiones, en broma claro, pero que reflejaba el principal de los problemas: el sexo.

Una noche escuché una conversación entre los tripulantes de dos barcos, que despertó todo mi interés: lo que hablaban no era broma: algo muy importante había ocurrido.

“Piuchzzzzzz – estática

– Pues se formó el correcorre, tú, el muchacho se puso muy malo; corto.

“Piuchzzzzz” – estática.

– Ya de eso escuché decir, acere, pero de los detalles no sé nada. ¿Qué fue lo que ocurrió?; corto.

“Piuchzzzzz” – estática.

– Mira, Gonzalo, el problema fue con el muchacho nuevo, “el Miguelito”, que se incorporó hace casi ya tres meses atrás; corto.

“Piuchzzzzz” – estática.

– Pero coño, Pepe, dime qué coño pasó. Dicen por ahí que el muchacho se enfermó. ¿Pero de qué, algún problema con los mareos?; corto.

“Fiúfiúfiú” – estática

– No, no, que va, nada de mareos, Gonzalo, en eso el muchacho ha sido buen tripulante. El asunto es que “el Miguelito” se veía muy inquieto, hablando mucho con el cocinero; corto.

“Fiúfiúfiu” – estática.

– ¿Con el cocinero? ¡No jodas tú!

“Piuchzzzzz” – estática.

– No, no, no es lo que te imaginas, es que fue a verlo para saber qué se estaba pescando para comer; y se puso ahí ayudándolo a escamar, cortando y limpiando, ya fuera pargo, bonito, o dorado; corto.

“Fiúfiúfiú” – estática.

– ¡Ya veo, seguro que el muy tonto se comió una picúa ciguata y se enfermó! ¿No? ¡Coño, acere, tú muy bien sabes que eso es malo, carajo, la ciguatera es cosa seria!; corto.

“Pichzzzzzz” – estática.

– No, no, nada de ciguatera, Gonzalo, el asunto es que él quería estar ahí en la cocina revisando lo que se había pescado; corto.

“Fiúfiúfiú” – estática.

– Pero en eso no hay nada malo, Pepe, seguro estaba aburrido y quería ayudar al cocinero. ¿No crees?; corto.

“Fuífuífuípchzzz” – estática.

– Si claro, pero es que luego el tipo se ponía ahí a registrar las tripas de todos los peces que él iba limpiando, y salió con un buche en la mano; corto.

“Pichzzzzzz” – estática.

– ¿Un buche de pescado? ¡Ah, carajo, seguro que por ahí viene la cosa!; corto.

“Fuukfuukfuuk – estática.

– Así mismo acere, por ahí vino la cosa, “el Miguelito” se veía misterioso; con el buche de pescado en la mano; camina pa’quí; camina pa’yá; corto.

“Fiuufiuufiuu – estática.

– ¡Coño! Pero, ¿Qué pasó, qué fue lo que hizo? ¡Acaba de soltármela carajo!; corto

“Fuikfuikpchzzz” – estática.

– ¡Qué usó el buche de pescado! Y ahí se presentó el correcorre. Imagínate, el tipo se puso a dar unos gritos que parecía un condena’o a muerte, tú; corto.

“Pichzzzzz” – estática.

– ¡¡¡ÑÓOOO!!!…; corto.

“Pichzzzzz” – estática.

– ¡Todos a correr! Se le puso el tolete que parecía un mamey colora’o, imagínate, se lo quemó todo con los jugos gástricos del buche; corto.

“Fiuuufiuuufiuuu” – estática.

– ¡Pero, qué barbaridad!; corto.

“Pichzzzz” – estática.

– Sí, claro, es que “el Miguelito” es muy joven todavía y sin experiencia navegando, imagínate… tuvo que venir un helicóptero a buscarlo; corto.

“Fuiiifuiiifuiii” – estática.

– ¡Pero COOOÑO, Pepe! ¿Es que nadie le advirtió que el buche hay que virarlo al revés y lavarlo en agua dulce cuatro veces?

 

©2021 Hernán Henríquez