Fraginal

Hernán H

Aquellos años del 1969 al 1970 fueron muy duros en Cuba, como una maldición. Luego de la dictadura batistiana, que duró hasta el 31 de diciembre del 1958 la nueva revolución comenzada el primero de enero del 1959 representaba una esperanza para la mayoría del pueblo cubano, y en los primeros años, aparte de los problemas políticos, la vida económica continuó tal y como había sido en los 50s, que fueron los mejores años para el desarrollo de la nación. Pero, a partir del 1962 comenzó una falta sistemática de productos y servicios que antes uno suponía estarían ahí para siempre, como algo natural. Ahora, cuando faltaba algo, costaba más caro, o tenía mala calidad, la gente comenzó a llamarle “tiempos normales” a lo de antes, en comparación a la nueva situación, porque antes no existían esos problemas.

La primera falta que yo noté fue la mantequilla: una mañana estaba yo en el portal de mi casa cuando vi a mi esposa Teresa correteando junto a otras mujeres detrás de una camioneta distribuidora de la conocida “Mantequilla Nela”, que iba desde la bodega de Magín en ave 21 esquina a calle 70, Buenavista; rumbo a la bodega “Las Brisas” situada en ave 19 esquina a calle 70, Ampliación de Almendares. Al regresar ella a casa le pregunté – “¿Qué ocurre?” – a lo que me contestó: – ¡No hay mantequilla, el camión de La Nela no la dejó en ninguna de las dos bodegas! – y créanme, yo me quedé perplejo, porque esas cosas comunes nunca habían faltado – ¿Cómo que no hay? ¡Vendrá mañana! ¿No?

Eso fue lo primero que mis “ojos cubanos vieron”. Luego de eso comenzó una progresiva falta de todo que se iba incrementando semana tras semana, mes tras mes. Y un día, el 12 de marzo del 1962, pusieron la Libreta de abastecimientos para comprar, solamente en la bodega asignada, la cuota del mes.

Luego del discurso de la Ofensiva Revolucionaria del 13 de marzo del 1968 vino la debacle que acabó “con la quinta y con los mangos”: tenías que hacer largas colas para poder comerte un pan con “croqueta del cielo”: de una harina tan pegajosa que se te pegaba en el cielo de la boca; o el pan con “croqueta de ave”, por aquello de “averigua de qué está hecha”. Años de hambre y miseria.

Para entonces nosotros, los de Dibujos Animados ICAIC, habíamos regresado al corazón de la empresa cinematográfica en 12 y 23, Vedado, dejando atrás los estudios fílmicos de Cubanacán, donde habíamos estado ya ocho años en aquella Jaula de Oro que nos habían construido a todo lujo. Cubanacán estaba en las afueras de la ciudad: era duro estar lejos de todo. Ahora ocupábamos toda la planta del tercer piso de un edificio propiedad del ICAIC, ahí mismo en la avenida 23 entre 8 y 10, Vedado, frente a la cafetería Loipa. A la izquierda en la misma cuadra estaba el Archivo Fílmico del ICAIC: nuestra empresa era como un pulpo apropiándose de todos los edificios y locales que estaban alrededor de nuestro blanco Edificio ICAIC de nueve pisos en la avenida 23, con la Cinemateca ICAIC en los bajos.

El Archivo Fílmico ICAIC estaba dirigido por Ángel Cuzán; allí también trabajaba Fraginal, un negro flaco muy pintoresco que ya mostraba la punta de algunas canas salpicando su negro y ensortijado cabello; jocoso y de simpática sonrisa, dejaba ver su blanca y bien formada dentadura; además, unos ralos pelos de barba mal afeitada le afloraban por aquí y por allá. Este Fraginal era tan extravagante y extrovertido que no tenía pena ni vergüenza por nada, además; escribía poemas, y su conducta era la de un intelectual. Me resultaba curioso que, siendo de piel tan negra, se hubiese casado con una francesa de piel blanca como la leche y algunas pecas, además, tan flaca como él. La mencionada dama, al igual que su ethíope marido, era también extrovertida y de maneras exóticas. Tal para cual, allá se iban los dos, siguiendo el camino que ambos se habían trazado. Y se casaron. La boda la hicieron en el Palacio de los Matrimonios, situado en el Paseo del Prado. Allí los novios se casan por lo civil, vistiendo los más lujosos y bellos vestidos de boda: es la tradición. Pero Fraginal y la francesa… no, ellos no, para joder, para romper con lo establecido, fueron a la boda vestidos con ropas remendadas, con parches de distintos colores, como Pedro Harapos, el personaje de una antigua historieta cómica, y así, se mostraron con jacarandosas risas frente a sus compañeros del ICAIC.

Y ocurrió que un día, a la hora del almuerzo, Fraginal fue a comerse una pizza a la pizzería Cinecitta, situada en la esquina del 12 y 23, casi una misión imposible en esa época y momento: ¿Hacer cola en esa pizzería? ¡Cosa de locos! ¡Lo de nunca acabar! En esos tiempos para ir a tomarse un helado a Coppelia en L y 23 había que disponer de 4 horas, o ir a comer frente al ICAIC, en la tienda “Variedades”, antes llamada “Ten Cents de Woolworth” donde, para entrar a almorzar a las 12:00 en punto del mediodía teníamos que tener unos turnos limitados que se daban a las 7:00 AM ahí a la entrada de la tienda, y para lo cual la “Muñecona”, una mujer con cara pintarrajeada de maquillaje, rubianca ella y con anchos espejuelos de carey “marcaba” los turnos a las 3:00 de cada madrugada colocando unas diez cajas de cervezas vacía alegando eso eran personas que habían marcado su turno, turnos que luego ella vendía a gente del ICAIC que ya habían “cuadrado” con ella ese negocio.

Cuando Fraginal llegó a la pizzería ya yo estaba por allí mirando. La cola, en dirección al cementerio, tenía más de una cuadra de largo. La cosa era llegar y mirar a ver si alguien te podía resolver algo, colarte de alguna manera porque allí, en ese momento, estaban entregando las pizzas ya horneadas mientras una de las empleadas gritaba: – “EN CUANTO SE ACABE EL AGUA SE TERMINA LA VENTA”- y las muy descaradas tenían las dos llaves del fregadero abiertas para que el agua, que venía de un tanque, se terminara rápido y ellas dejar de trabajar: así era la cosa.

Fraginal miraba por aquí y por allá. Las pizzas, unas arriba de otras, se iban despachando con lentitud, como para martirizar a los hambrientos de la larga cola. De pronto, Fraginal se abalanzó sobre las pizzas, agarró una y salió corriendo hacia la calle saltando por arriba de las mesas y sillas de la terraza – “¡¡LADRÓON!!” – gritó uno, pero Fraginal saltó por encima del murito que allí estaba poniendo los pies en la acera, a la vez que empleados y parte de los clientes lanzaban gritos de – “¡¡ATÁJALOO!!” – “¡¡CÓGELOOO!!” – “¡¡ATRÁPALOO QUE SE ROBÓ UNA PIZZA!!” – Fraginal, huyendo como un guineo cruzó la avenida 23 tomando por calle 12 abajo; atrás de él sus perseguidores  gritaban: – “AL LADRÓON” – “¡¡CÓJANLOO QUE SE ROBÓ UNA PIZZAA!! – y llegando a la esquina calle 12 y 21, viendo Fraginal que tenía la turba casi ya arriba de él se acurrucó en la acera, y ahí mismo, junto a un muro – ¡Murnngg, Urggh, Arguom! – se engulló toda la pizza; y al terminar, todavía saboreando el sabor de lo comido, se irguió a la vez que se metió la mano derecha en el bolsillo – “LADRÓN, RATERO, TE ROBASTE UNA PIZZA!” – le gritaban sus captores, a lo que Fraginal, con esa descarada sonrisa que mostraba su blanca dentadura, exclamó: – “¡LADRÓN NO, aquí está el dinero con que la estoy pagando, la tomé con apuro porque tenía MUUUCHA HAMBRE y no podía esperar más!”

Y ahí terminó la historia: Fraginal se salió con la suya, porque al pagarla no pudieron acusarlo de ladrón, y el asunto pasó a discutir el tema del hambre y los derechos del hambriento; cosas del ICAIC.

©2021 Hernán Henríquez