Obdulio Duparol

 

Ayer vi un programa en televisión que me dejó cautivado. Era sobre lo que aquí llaman “clubes de motociclistas”, o sea, esos grupos de señores barbudos y con caras de pocos amigos que uno ve en las carreteras, montados en sus brillantes y sonoras Harley Davidsons. Tan cautivado me quedé, que he decidido a unirme a uno de esos clubes y recorrer el país de punta a cabo en busca de aventuras. ¡Nada como sentir el sol en la piel, el viento en la cara y los insectos en los dientes! ¡Eso sí va a ser diversión!

Claro, me faltan algunos detalles para poder unirme a una de esas prestigiosas instituciones del asfalto. Por ejemplo:

  1. Necesito una Harley. He oído decir que son bastante caras.
  2. También necesito un casco, gafas de sol muy cool, botas, y un chaleco de cuero con el nombre de mi club inscrito en la espalda.
  3. Para estar a tono con los demás caballeros de las motos, deberé hacerme tatuajes de calaveras, cruces y mujeres desnudas, de pies a cabeza.

Creo que tendré que hacer una inversión de unos cuantos miles de dólares, pero al final estaré listo para incorporarme a cualquiera de las organizaciones de motoristas y así convertir mi vida en una fiesta en dos ruedas, cada fin de semana.

Cuando le hablo de mis planes a mi esposa, me dirige una de esas miradas que suele darme cuando me dejo llevar demasiado lejos en mis desvaríos. O por lo menos es lo que piensa mi querida Mayeya. Luego esboza la sonrisita que, indefectiblemente, sigue y me dice:

—Te falta un detallito.

—¿Cuál?

—¿Tú por casualidad naciste en algún estado sureño y tus padres eran de rancia estirpe anglosajona?

Me quedo callado durante unos segundos y le contesto con cautelosa valentía:

—No…

—Entonces, ¡aterriza! Ni tú ni yo tenemos nada que ver con los clubes esos. ¡Y vete ahora mismo a lavar la loza, que está esperando por ti hace una hora!

Y así, en un acelerón de medio segundo, mi adorada esposa convierte mis sueños en humo de escape motociclístico.

Tan cruel como puede ser la Mayeya, ¿no?