Obdulio Duparol

 

Para los que no se han enterado, Julio César fue uno de los más influyentes personajes de la antigüedad. Cuentan que, de joven, Julito, como le decían sus allegados, navegaba un día por el Mar Egeo cuando fue raptado por un grupo de piratas. Los susodichos osaron pedir 25 talentos de plata por el muchacho, pero éste, atrevido como era, les dijo que eso era un insulto, que tenían que pedir por lo menos 50. Como si fuera poco, Julito les prometió que, cuando lo rescataran, armaría una flota, saldría a buscarlos y los haría picadillo. Los piratas no le hicieron mucho caso, pensando que era una bromita del mozalbete engreído. Mas, de broma nada. Una vez liberado, Julio reunió a sus hombres, se hizo a la mar, encontró a los bribones, y lo único que no hizo fue convertirlos en picadillo. Pero sí los mandó a crucificar. Hay que reconocer que tuvo un gesto de piedad con ellos: les cortó el cuello antes de clavarlos en la cruz. Sin embargo, ése no fue el incidente que pasó a la historia como el Día de los Inocentes, algo que ocurrió años después. Aunque bien pudo serlo, porque a los piratas del cuento los pillaron de inocentones, big time.

Hace su entrada legendaria entonces el 28 de diciembre, día en que, según cuentan, ocurrió la matanza de los niños menores de dos años en Belén de Judea. La degollina fue ordenada por el rey Herodes I para tratar de eliminar, estilo capo mafioso, al bebé Jesús de Nazareth. Por suerte el sanguinario rey no se salió con la suya. Dadas las circunstancias, me pregunto por qué diablos se hacen bromas en este día. Pero los humanos somos así. Quizás estemos celebrando que Jesús lograra escapar y Herodes quedara para la historia como un tonto malévolo.

Todo eso nos trae a estos tiempos que vivimos. Como que sigue habiendo pillos y tontos hoy día, sería bueno replantearse la fecha del 28 de diciembre. Propongo entonces que, a partir del año que viene, el Día de los Inocentes se celebre el 3 de noviembre, cuando cierto rubicundo presidente de cuyo nombre no quiero acordarme, le tomó el pelo a setenta y pico millones de votantes. La suerte fue que no pudo convertirse en otro malévolo rey, a pesar de que no tiene un pelo rubio de tonto. Como Herodes entonces, el rubicundo presidente no se salió con la suya, pero el hecho de que los setenta y tantos millones de creyentes lo sigan apoyando es, sin duda, la mayor inocentada de la historia.

Pero los humanos somos así.

Y como éste es mi último texto del 2020, no quiero terminar sin desearles a todos un mejor año, lo que será fácil, porque éste de la rata fue una verdadera ratonera. El del búfalo, cuernos aparte, tiene que ser necesariamente mejor.

Espero no pecar de inocente.

¡Feliz 2021!