Obdulio Duparol

 

Hoy voy a escribir sobre Carlos Puebla. Si el nombre no te suena conocido, te informo que fue un trovador cubano, bohemio y bebedor, que se hizo famoso por sus guarachas y boleros comprometidos con la revolución y sus líderes. Quizás algún izquierdista latinoamericano todavía recuerde con nostalgia uno de sus temas más conocidos, dedicado al argentino que más camisetas ha vendido después de Messi.

 

Puebla, guitarra en ristre, fue hasta cierto punto heredero de la tradición de Ñico Saquito (María Cristina me quiere gobernar, Cuidadito compay gallo) y compuso algunas guarachas simpáticas que lo identificaron como un cantor de pueblo en la innegable efervescencia de los primeros años del proceso castrista. Llegó incluso a tener un programa de radio cuyo nombre era, no por casualidad, Carlos Puebla canta al pueblo. Sin embargo, con el tiempo el trovador se volvió un panfleto más del sistema y su popularidad comenzó a decaer, sobre todo en las generaciones más jóvenes. No creo que haya algún muchachón de la Isla hoy día que sepa a ciencia cierta quién fue el tipo.

 

Y, bueno Obdulio, me preguntaréis, ¿qué diablos tiene que ver el tal Puebla con el título de este texto? Pues, os contesto: mucho. Resulta que hay una canción suya no muy conocida en el extranjero, pero que los cubanos de cierta edad recordamos con amargura. Se trata de Y en eso llegó Fidel.  El estribillo de la guarachita decía “Y se acabó la diversión, llegó el comandante y mandó a parar”, una línea que por su adulonería tuvo que ser del agrado del difunto dictador. Un ejemplo, además, del más rancio autoritarismo y espíritu antidemocrático que uno pueda imaginar.

 

Pues bien, creo que en estos momentos en que Afganistán acaba de caer en manos de fuerzas demoniacamente radicales, la cancioncita de Puebla acaba de tomar un segundo aire. Puedo imaginar a un trovador muyahidín, guitarra en mano, cantando entre las ruinas de Kabul: “Y se acabó la diversión, llegó el Talibán y mandó a parar”.

 

Pa salir corriendo.